domingo, 28 de enero de 2018

Crónica

Crónica: Jueves en el centro histórico de Puebla


Jueves 25 de enero, Puebla. Después de un cansado recorrido a través de media ciudad y un decepcionante encuentro con nuestro fallido destino nos vimos con la necesidad de encontrar un nuevo objetivo para nuestro blog el cual fue encontrado por un razonamiento fenomenológico al pensar en utilizar los recorridos de mis compañeros para crear una especia de crónica a cerca de lo que intentaron crear.
Comenzando con esta ardua labor en el mismo zócalo de Puebla que fue el primer punto de distracción de mis amigas las cuales aprovecharon para tomar algunas fotos y posar un rato con unas hermosas mujeres extranjeras que llamaban la atención de todos por cualquier lugar que pasaran y no precisamente por la exquisitez de su  belleza (aunque era una muy buena razón de no ser por la siguiente), sino por su notoria procedencia asiática, quizás koreaneas. Ademas de un grupo de turistas de la misma procedencia que acompañaba a estas mujeres y su idioma descaradamente distinto, algo que se me hizo muy curioso fue que fueron ellas mismas las que se acercaron a nuestro grupo de amigos a pedirnos unas fotos, quizás por nuestra apariencia por demás distinto al de ellas, quizás porque se notaba nuestra curiosidad e iteres hacia ellas.


Así emprendimos un relativamente corto viaje hacia una parte bastante interesante de la ciudad conocida como el barrio del artista donde supuestamente encontraríamos buen material para trabajar en los ahora bastantes artistas urbanos que siempre pueden ser encontrados en ese lugar. A lo largo de esta travesía nos encontramos con un par de cachorros, los cuales al menos la mitad del grupo acariciaron; además un adulto mayor saxofonista muy talentoso tocando al son de la pantera rosa. 
Llegamos a un punto de nuestro recorrido en el cual nos topamos con la necesidad de tomar una decisión: continuar con nuestro recorrido al barrio del artista y quizás hacer algunas entrevistas o fotos bastantes atractivas y coloridas a los transeúntes, artistas locales o tiendas trending ó ir a un pequeño y bastante colorido cafe-bar donde sirven, a mi mas humilde parecer, los mejores nachos de Puebla, llamado "Cafe milagros".
Después de una lucha de ideas de unos tres segundos tomamos una dura decisión. no es difícil adivinar que fuimos a comer como los gordos que somos ¿cierto? ¿Qué puedo decir? La carne es débil. Entramos por una pequeña puerta de madera y al entrar nos topamos con muchos adornos que hacen sentir a este lugar tan acogedor, tradicional y muy pero muy mexicano.
Nada más entrar se puede apreciar la barra en la que preparan las bebidas calientes y uno que otro coctail. Nosotros subimos por unas apretadas escaleras al segundo piso mientras admirábamos los muros repletos de recortes de periódicos, fotos y adornos al estilo de la lotería con uno que otro dibujo del santo y unos cuantos personajes icónicos de la época de oro del cine mexicano.
Una vez en la planta superior nos dimos cuenta de un par de anuncios de próximos conciertos que, a decir verdad van de la mano su genero musical con el tema de este establecimiento. Enjambre en letras grandes a primera vista. Sólo mientras estábamos comiendo escuchamos dos de sus canciones.
Estando arriba y buscando una mesa para acomodarnos nos dimos cuenta que no fuimos los únicos en pensar en ese lugar para descansar y distraernos un poco, pues ahí nos encontramos con un grupo más pequeño de compañeros que también acababan de llegar. Después de un breve saludo nos dispusimos a buscar donde tomar asiento, debido a que eramos bastantes nos vimos en la necesidad de juntar tres mesas un par de sillones y varias sillas para entrar todos. El mesero, muy amable por cierto, nos ofreció unas cuantas cartas para que pudiéramos ordenar. Nos dividimos en grupos más pequeños para organizarnos y pedir lo más conveniente para todos. Esteban (mi mejor amigo) al ver el espacio vacío de mi bolsillo me ofreció invitarme una cerveza siempre y cuando lo acompañara a beber el la suya. 
En un grupo de cuatro Esteban y yo fuimos integrados para comprar unos deliciosos y casi celestiales "nachos Yucatán" los cuales consisten en triángulos de tortilla recién frita bañados en una variedad de quesos especial de la casa acompañados de una capa de frijoles, guacamole, bastante cebolla morada, y algo de la famosa "cochinita pibil". En las mesas de al lado pidieron limonadas, refrescos, cervezas nachos y me parece que unas también suculentas alitas bbq. 


Al terminar de servirnos el mesero, nos ofreció un listón, que por cierto también es característico de este lugar, pues todos los barandales, incluyendo los de los balcones, están repletos de recuerdos en la tela anudada. Mientras comíamos y bebíamos, tratamos de darle un nombre digno a la agrupación que juntos conformamos y desgraciadamente no llegamos a ningún acuerdo y sólo dejamos nuestros nombres escritos detrás de una leyenda la cual escribieron las chicas (¿Mencioné que Esteban y yo eramos los únicos hombres presentes?).
Después de pagar la cuenta y recoger todas nuestras cosas, nos levantamos y caminamos de salida no sin antes amarrar nuestro propio recuerdo marcado con la fecha de ese día a el barandal que está justo de frente a las escaleras donde lo veríamos siempre fuéramos a ese lugar, juntos o separados. 
Afuera del establecimiento nos encontramos con el resto de nuestro salón quienes al parecer estuvieron en la planta baja todo el tiempo haciendo lo mismo que nosotros. nos despedimos y nos fuimos corriendo, casi huyendo de ahí pues era tarde para la siguiente clase la cual comenzaba en aproximadamente treinta minutos. 
Terminamos en un camión todos amontonados, tomamos algunas fotos y contamos algunos chistes ridículos, algunos pasajeros nos veían feo y otros se reían, aunque no se si lo hacían con nosotros o de nosotros. Llegando a nuestro destino salimos disparados al salón, pasaban diez minutos de la hora  de inicio de la clase y temiendo perder nuestra asistencia corrimos sólo para ser recibidos con la noticia de que la profesora tampoco había llegado aun. 
Dimos un respiro y nos dimos la oportunidad de reírnos un poco ya sentados en nuestras bancas nuevas las cuales odiamos desde el primer día. Llegó la profesora y disculpándose nos contó sus problemas para llegar a clase y todos volvimos a disfrutar de una carcajada. Así terminó esta odisea, en el miso lugar donde comenzó.

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